Veinte años de un icono

Vuela Éric Cantona en escorzo horizontal y desde Derry se desatan los primeros acordes de ‘Teenage kicks‘ de los viscerales Undertones. Acaba de ser expulsado tras patear, después veríamos que se trataba simplemente de un ejercicio de calentamiento, a Richard Shaw, el fervoroso defensor del Crystal Palace que se había pasado el partido encima del atacante francés. Un partido muy físico, con el césped muy pesado, de brega y pelea por cada centímetro de terreno. ‘Realmente todo fue culpa de Shawsy. Hizo su trabajo tan bien, anuló de tal manera a Éric, que acabó frustrado y no pudo evitar patear el culo de Richard cuando este le entró duro. Se le fue la cabeza‘, recuerda para ESPN John Salako, que cubría el costado izquierdo de la defensa del Palace aquella tarde.
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En su parsimonioso camino hacia el túnel de vestuarios, Cantona sintió la ira y la burla generalizada de Selhurst Park. Desafiante como en él era habitual, explotó definitivamente cuando terminó de acercarse al graderío. En una súbita aceleración hacia la banda, el atacante francés escupió su frustración sobre Matthew Simmons, un joven aficionado del Crystal Palace que había abandonado de forma atropellada su localidad en la grada para lanzar a gritos un recuerdo a la madre del delantero del United. Fue tan rápido que a los que estaban más cerca de la acción les costó reaccionar. Su patada, más propia de una exhibición de artes marciales que de un partido de fútbol, dio la vuelta al mundo. Su imagen volando en paralelo al suelo con el pie por delante se convirtió en un icono que acabaría acarreando graves consecuencias.
Fue el propio club el que se apresuró a tomar cartas en el asunto y sancionar a su jugador estrella con cuatro meses sin jugar con el equipo, antes incluso de que la Federación tomase una decisión al respecto. Perdía así, además, muchas opciones de alzarse con un título liguero que se había convertido en una carrera de fondo mano a mano con el Blackburn Rovers de Alan Shearer y Tim Sherwood, que al final acabaría saliendo campeón por un solo punto de ventaja. Pero, por extraño que pueda parecer en estos tiempos que corren en los que cada jornada suele dejar tras de sí un reguero de deplorables ejemplos, las prioridades estaban muy claras en Old Trafford y la pelea por el título pasaba a un segundo plano ante el bochornoso comportamiento de su mejor futbolista.
Fueron días complicados para Éric, que en ningún momento mostró arrepentimiento alguno por su descontrolada reacción. A la sanción impuesta por el club hubo de sumarle cuatro meses más de inhabilitación, para un total de ocho, por parte de la Federación y 120 horas de trabajos en beneficio de la comunidad. Cantona, herido y perseguido por una prensa sensacionalista inglesa ávida de titulares sonoros y carnaza con la que alimentar a las fieras, dejó entonces una frase para la posteridad y que acabaría definiendo los años finales de su carrera y su relación con los medios: ‘Cuando las gaviotas siguen al barco es porque saben que acabará arrojando sardinas al mar‘. Recluído en Francia y excluído definitivamente de la selección francesa, tal fue la presión soportada que Cantona a punto estuvo de dar un giro a su carrera y abandonar el Manchester United. Solo la oportuna intervención de Alex Ferguson, quien estaba convencido de que aún quedaban éxitos por cosechar, evitó que el francés fuese traspasado a otro club lejos de Inglaterra y pudiera prolongar su leyenda en Old Trafford.
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Han pasado ya más de veinte años de la escena que marcó, para bien o para mal, la carrera de Éric Cantona. Más de dos décadas que han servido para convertir al francés en un referente inexcusable en el tiempo y en un icono futbolístico sin igual al que el propio futbolista supo sacar partido tras su retirada. Su imagen de jugador díscolo e irreverente pero absolutamente genial tuvo su prolongación en el Cantona canoso y entrado en kilos que hoy conocemos. Un personaje profundo, un villano brillante.
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